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"Mientras aplauden con las orejas". Artículo de opinión de Lilian Concepción Álvarez

"Mientras aplauden con las orejas". Artículo de opinión de Lilian Concepción Álvarez.

LA VOZ DE FUERTEVENTURA
"Mientras aplauden con las orejas". Artículo de opinión de Lilian Concepción Álvarez

Yo tendría seis o siete años. Él ya sería un pibe de diecisiete o dieciocho. En la plaza de mi barrio le había visto varias veces escarbar en un parterre, sacar algo y, después, ponerse a contar dinero. ¡Billetes de colores! Verdes, rosas, canelos, azules…

Para mí la conclusión era evidente: allí había un tesoro.

Así que un día que volví a verlo escarbando, salí corriendo y me puse a escarbar a su lado con todas mis ganas. Él me miraba y se partía de risa.

—No, yo también estoy buscando el tesoro.

Ahí ya se echó a reír a carcajadas. En ese momento no entendí qué le hizo tanta gracia. Yo tenía clarísimo que, si encontraba el tesoro, iba a reclamar mi parte.

Con los años descubrí que lo que aquel pibe guardaba allí no era dinero, sino algo que luego le hacía ganarlo. Y que nuestro concepto de «tesoro» era bastante distinto.

Supongo que madurar consiste también un poco en eso: descubrir que muchas de las cosas que una da por hecho a veces no son exactamente lo que parecen.

El problema es que cumplir años tampoco nos libra demasiado de esa costumbre. Vemos una parte, intuimos otra y con eso nos montamos una historia bastante completita. A veces acertamos. Otras no tenemos ni idea, pero eso rara vez nos impide opinar con una seguridad admirable.

Dejar espacio para la duda debería venir de serie con la edad, como las canas o el dolor de espalda, pero nos sigue gustando demasiado tener claro quién es quién, qué pasó, por qué pasó y de quién fue la culpa.

Oh, sí, la culpa, ese invento tan católico para tener siempre a alguien a quien señalar. Porque mientras señalamos al resto, evitamos la incomodidad de mirar hacia dentro.

A veces basta una anécdota, una versión a medias, una frase fuera de contexto o una intención que alguien atribuye por la cara para acabar fabricando una versión de las personas que, a fuerza de repetirla, termina pareciendo más real que ellas mismas.

Mi padre era muy refranero y tenía la costumbre de enseñarnos lecciones de vida con frases cortitas que se quedaban grabadas. Una me la decía mucho:

—Cariño, las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene uno.

Y razón no le faltaba. Esto, al fin y al cabo, no deja de ser un artículo de opinión. Así que aquí tienen también el mío.

Lo complicado viene cuando confundimos lo que opinamos con lo que sabemos.

Y entonces aparecen los prejuicios de siempre: que si vienen a invadirnos, que si nos roban el trabajo, que si vienen a vivir de paguitas…

Mientras buscamos culpables entre quienes tienen todavía menos que nosotras, dejamos en paz a quienes sí tienen capacidad para decidir sobre nuestros salarios, nuestros alquileres o el precio de las cosas.

Y ahí están, tan a gusto, aplaudiendo con las orejas, mientras tú piensas que tu mayor problema son Youssef y Fátima, que se jugaron la vida en una patera para llegar hasta aquí. Y no una clase política y económica que, curiosamente, siempre consigue quedarse fuera del centro de la diana, incluso cuando hay meses en los que tienes que elegir entre comer, pagar la luz, el agua o el alquiler.

Quizá entonces convendría preguntarnos si todas esas opiniones de mierda que repetimos como un mantra son realmente tan inocentes. Si no tienen bastante que ver con esa deshumanización.

Esa que hace que un diputado se sienta legitimado para hablar de «cazar» personas una a una y que otros puedan sentirse legitimados para meterle un perdigonazo en la cabeza a un niño marroquí de ocho años en Ceuta.

Porque, al final, seguimos haciendo lo mismo: vemos una parte, completamos el resto y nos convencemos de que sabemos exactamente lo que tenemos delante.

No conocemos toda la historia y, a veces, ni siquiera conocemos la mitad. Pero qué más da: estamos segurísimas de que en ese parterre hay un tesoro enterrado.

Y mientras sigamos tan convencidas, seguiremos escarbando con todas nuestras ganas.

Fuente: La Voz de Fuerteventura